Lord Richard Rogers. Entrevista

September 12, 2007

Fuente Diario La Nacion, Arg

Frente al río Támesis están los almacenes que el arquitecto Richard Rogers (Florencia, 1933) reconvirtió hace décadas en su despacho. Acaba de ganar algo así como el Nobelde Arquitectura, el Premio Pritzker, pero el renacer del estudio del autor del Centro Pompidou, el rascacielos Lloyds en la City londinense, se cuece desde hace una década. Hoy levanta edificios en Nueva York, Japón, Corea, Burdeos, Amberes, Barcelona y Londres. Inaugura viviendas sociales sostenibles y construye pisos de lujo en la orilla sur del Támesis, la zona de Londres que, tras un ciclo de charlas en la BBC, consiguió resucitar. Esas charlas –recogidas en el libro Ciudades para un Planeta Pequeña– lo encumbraron como el arquitecto de Tony Blair, lo convirtieron en el artífice de la reconversión de Londres y lo hicieron lord, lord Rogers of Riverside. Un lord en bicicleta, que llega puntualmente, pedaleando.

–Blair ha sido una figura clave en la arquitectura de su país y en su propia carrera. ¿Cómo juzga su legado?

–Si hablamos de regeneración urbana, sin duda él sentó las bases para la regeneración de las ciudades británicas. ¿Cómo? Densificándolas. Ha dado prioridad a la reconstrucción de los núcleos urbanos en lugar de apostar por la expansión y el crecimiento, que es lo que las ciudades hacen hoy. Por primera vez en mucho tiempo, la gente está regresando al centro.

–¿Por qué es importante que la gente regrese al centro?

–Porque es la vida diaria de los ciudadanos lo que construye una ciudad. Una ciudad habitada está siempre más cuidada. No podemos tener vacíos en el centro por la delincuencia y salir a construir afuera como si en el corazón no pasase nada. Las ciudades deben tener un límite. Antes de apostar para extenderlas, hay que tratar de recuperar y sanear los centros. En España estamos todavía en la etapa uno. Los precios hacen muy difícil vivir en el centro de las ciudades. Aquí tratamos de compensarlo con vivienda social. La vivienda social no puede estar en guetos. Si apostamos por la integración, debe repartirse por todos los barrios.

–¿Cómo integrar a la población con la arquitectura?

–Poniendo límites. En Londres hemos dibujado una línea, una barrera que no podemos superar. Lo hemos llamado cinturón verde. Y allí ya no se puede construir. Sólo en el futuro, cuando no nos quede ni un pedacito de terreno en la ciudad que podamos reaprovechar. Perseguimos la densificación.

–¿Por qué?

–La gente que vive en ciudades compactas tiene mejor vida como peatón. Consigue caminar por su ciudad. Un número elevado de ciudadanos justifica inversiones en transporte público. Si la ciudad es de las extendidas, la vida se hace en el coche. Y eso trae más problemas ambientales, de ruido, de aparcamiento o de seguridad. Cuando los centros se abandonan, se convierten en guetos, y las ciudades están perdidas. Ese es el principal problema de Estados Unidos. Ken Livingstone, el alcalde de Londres, ha llevado esas ideas un paso más adelante. Londres espera tener un millón de habitantes más en los próximos años. Y ha decidido que no se van a levantar nuevos barrios. Se van a recuperar zonas internas.

–¿Qué ha ganado y qué ha perdido su arquitectura en cincuenta años de profesión?

–Uno pierde y gana al vivir. Forma parte del juego. La mayor ganancia ha sido que hicimos un informe sobre el urbanismo de Londres. Y el gobierno decidió convertirlo en su línea de actuación. No lo aplican al ciento por ciento, pero lo asumieron. Soy una persona que disfruta envejeciendo. Creo que la vida es mejor con más experiencia. Y pienso que esa idea me viene de los problemas que tuve en la infancia. Si empiezas mal, lo tienes más fácil para mejorar. Claro que, con 73 años, el futuro puede ser más corto ahora que antes.

–Cuando empezó, ¿quién quería ser?

–Vengo de Florencia. Y uno que viene de Florencia quiere ser Brunelleschi. No lo digo en broma. Las ideas que he defendido siempre sobre el espacio público, la plaza para encontrarse, todo eso viene de la Italia renacentista, de la influencia helénica. La relación entre la sociedad y la arquitectura es el espacio público: el lugar de encuentro e intercambio de ideas. Yo me siento cercano a todos los arquitectos que tratamos de hacer evolucionar el movimiento moderno sin darle la espalda. Nosotros quisimos asimilar la lección de nuestros maestros y dar algo más. ¿Qué más se podía dar? Ellos habían pensado en la manera simple de construir; la manera económica, rápida y democrática: el cubo. A nosotros, en cambio, nos tocó llegar a la gente.

–¿Con qué frecuencia necesitan cambiar las ciudades?

–No cambian, evolucionan. Las mejores calles de Inglaterra son, todavía hoy, vías romanas. Uno de los errores que cometemos arquitectos y políticos es que cambiamos las ciudades con demasiada frecuencia. En lugar de cambiarlas con suficiente radicalidad para dejarlas descansar una temporada. La culpa la tiene el plazo político de los cuatro años. El éxito de Barcelona es que logró empalmar tres turnos de alcaldes persiguiendo el mismo objetivo: mejorar la ciudad. Una ciudad no se cambia en menos de quince años. Lo que disfrutamos de las ciudades no ha cambiado en toda la historia de la humanidad: caminar con tu pareja por una calle agradable, sentarte en los escalones de la puerta de casa al sol. Esas cosas cotidianas son básicas. Dan calidad a la vida. Mientras el ciudadano no tenga lugares de paseo y tranquilidad frente a su casa, no confiará en la arquitectura. Y en los políticos.

Por Anatxu Zabalbeascoa Para LA NACION

Guayaquil una ciudad modelo para Latinoamérica

October 29, 2006

 Fuente: El Periódico (Guatemala)

De ser caótica, desordenada y poco llamativa, la ciudad portuaria más importante de Ecuador es hoy una metrópoli de gran atractivo.

Patricia González/Beatriz Colmenares/elPeriódico

El cerro Santa Ana es el mejor ejemplo de lo que le ha pasado a Guayaquil en el último lustro. Fue uno de los sitios más peligrosos de esta, la ciudad portuaria más importante de Ecuador. Un lugar en donde se traficaba droga y donde no había más que champas. Hoy, es su principal atracción turística: un camino de 444 escalinatas que remata con plaza, capilla y faro y es visitado por miles de personas todos los años.
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) considera a Guayaquil ciudad modelo de soluciones urbanas, un ejemplo a seguir en otros países. Y la receta seguida parece sencilla: autoridades locales y ciudadanos trabajaron en forma conjunta para lograr la regeneración urbana, con mínima influencia del Gobierno central.
El alcalde actual, Jaime José Nebot Saadi, convenció a los guayaquileños a pagar impuestos adicionales y a algunos, como a los habitantes de Santa Ana, se les capacitó para montar sus propios negocios en los primeros pisos de sus casas: bares, cafeterías, restaurantes y tiendas de artesanías. Así, hoy obtienen réditos de sus inversiones.

La transformación también abarcó dos modernos malecones que junto con iglesias, museos y parques, hacen parte del circuito turístico. Y para recibir visitantes, se construyó un nuevo aeropuerto con capacidad para recibir a 5 millones de turistas por año, cuando al de antes no llegaban más de un millón.
Lo más importante del cambio que tuvo Guayaquil, a juicio de Álvaro Véliz, director de Urbanística de la Municipalidad de Guatemala, es que fue “rápido y se nota, no como las remodelaciones que se dan de generación en generación”. Y cree que para poder replicar el ejemplo en la ciudad capital, el primer paso es “crear un sentimiento de amor a la ciudad, como también pasó en Bilbao, España. Un lugar cuna de la Revolución Industrial, que luego quedó en el olvido y hoy, gracias a una renovación, es uno de los sitios más atractivos de Europa”.

Para Guatemala, la lección más importante de Guayaquil, a juicio de Véliz, es la unión de fuerzas entre sector público y privado, que bien hecha, logra “arrojar más luces que sombras”. Además, resalta el urbanista, “para obtener este tipo de resultados concretos y rápidos, se necesita de un plan maestro y una visión pública para poder generar una cadena sustentable a nivel social y económico”.

La Ciudad de Guatemala hace lo suyo en ese aspecto, señala Véliz: “El Plan de Ordenamiento Territorial que propone la Municipalidad metropolitana ayudará a que la ciudad ofrezca una mejor calidad de vida a quienes la habitan”.

Estable dentro de
la incertidumbre

Otro aspecto que contribuyó al desarrollo de Guayaquil es la estabilidad política que ha tenido la ciudad, la cual parece ajena al desorden político que afecta a Ecuador, un país que ha conocido siete presidentes en diez años.

En cambio, Guayaquil ha tenido alcaldes estables: primero León Febres Cordero y luego su sucesor, Nebot Saadi, quien además de destinar impuestos específicos a proyectos municipales ordenó que todas las calles fueran pavimentadas e iluminadas, y el sistema de transporte público renovado.

A juicio de Carlos López Chávez, coordinador académico de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad de San Carlos de Guatemala, gran parte de la estabilidad guayaquileña se explica desde aspectos históricos. “Desde el nacimiento del Estado de Ecuador, en 1830, la costa y la sierra constituyeron dos regiones socioeconómicas diferenciadas y separadas por la geografía. En Quito quedaron ricos hacendados y el 90 por ciento de la población, en tanto que en Guayaquil se vieron compelidos a desarrollar actividades productivas propias de un puerto y se convirtieron en exportadores”.

Idéntico aspecto es señalado por Edwin Palenque, catedrático de la Universidad Francisco Marroquín: “Quienes ostentan el poder político y económico de Guayaquil cuentan con una mentalidad exportadora, con referentes como Estados Unidos y Europa. Por sus procesos de modernización económica son más eficientes y, además, la influencia que reciben del exterior es más directa que lo que ocurre en Quito”.

Nebot Saadi no es ajeno a esa realidad: negocios y turismo son el eje de Guayaquil, que cuenta con un centro internacional para conferencias y eventos. Además, la mitad de compañías ecuatorianas están centralizadas en esta ciudad que, además, se vende como la puerta de entrada a las Islas Galápagos.

(Con información adicional
de El Tiempo, Colombia, y
The Washington Post).

Rincones de la costa

Algunos de los sitios turísticos más importantes de Ecuador, muchos de los cuales han surgido con el plan de regeneración urbana.

Cerro Santa Ana
Sitio desde donde se divisa toda la ciudad. Cuenta con una plaza, una capilla y un faro.

Malecón 2000
Complejo cultural de dos kilómetros y medio que incluye locales
comerciales

Malecón
Estero Salado
Creado a orillas de un brazo de mar. Doce hectáreas rodeadas de jardines.

Luces de la ciudad

September 3, 2006

 

 

No hace falta pisar una ciudad para conocerla. Conocemos Nueva York por Manhattan, París por Sin aliento, Roma por La dolce vita, Lisboa por En la ciudad blanca, Berlín por Las alas del deseo, San Francisco por Vértigo, Hamburgo por El amigo americano, Los Angeles por Model shop o Barrio chino, Madrid por Qué he hecho yo para merecer esto, Nápoles por Viaje en Italia, Barcelona por El pasajero, Hong Kong por Chunking Express, Toronto por Videodrome, Londres por Blow Up, México por Los olvidados, la Ciudad Prohibida de Pekín por El último emperador, Viena por El tercer hombre. Y hay ciudades que sólo conocemos porque nos sería imposible pisarlas: la Metrópolis que imaginó Fritz Lang, la Alphaville en la que husmea el detective Lemy Caution, la Las Vegas de neón de One From The Heart, el hormiguero futurista de Blade runner, la Tativille –filmada en estudios– de Playtime, el fraudulento suburbio de Truman Show, la exótica Interzona burroughsiana de Almuerzo desnudo. Estamos tan acostumbrados a ver calles, multitudes y tráfico proyectados en una pantalla que cualquier película que se demore en el campo o la montaña nos sobresalta como una incongruencia de novato, una excepción condescendiente o una operación de promoción turística. Entre cine y espacio urbano hay algo más que una relación de afinidad, de simpatía o de intimidad: hay una relación de consustancialidad. La ciudad no es sólo el escenario privilegiado de la ficción cinematográfica; es su condición de posibilidad, su alma, su morada. Y lo es desde siempre, desde 1895, cuando los hermanos Lumière metieron de prepo una locomotora en un café del centro de París y proclamaron ante un puñado de parroquianos estupefactos que había nacido el cine. Esa doble irrupción (el tren en la estación, el cine en el corazón de la Ciudad-Luz) sellaba a fuego un romance que hoy parece tan natural como un lazo de sangre.

Ese lazo (y sus tensiones internas) es el que interroga La ciudad en el cine: centros y periferias, el ciclo de más de treinta films con el que la sala Leopoldo Lugones participa del Segundo Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano, el coloquio organizado por la Secretaría de Cultura del Gobierno de Buenos Aires. La programación combina títulos inéditos como Café Lumière (Hou Hsiao hsien) o Los amantes regulares (Philippe Garrel, ver recuadro) con clásicos como Amanecer (Murnau), films-faro de los años ’60 como El eclipse (Antonioni) o Alphaville (Godard), frutos de los audiovisuales años ’80 como El amigo americano, Tokio-Ga o Notas sobre vestimentas y ciudades (Wenders) y dos títulos que, cada uno a su modo, refundaron la ciudad de Buenos Aires de manera radical, devolviéndole el carácter enigmático y la fertilidad ficcional que años de pereza y costumbrismo parecían haberle arrebatado: Invasión (Hugo Santiago, 1969), que vació la ciudad hasta extremos casi sinópticos, y Felices juntos (Wong Karwai, 1996), que acompañó, si no patrocinó en secreto, el redescubrimiento socioerótico urbano que está en el origen del Nuevo Cine Argentino.

En rigor, el programa de la muestra de la sala Lugones retoma algunas de las ideas-fuerza que organizan uno de los emprendimientos editoriales más notables de los últimos tiempos: La ville au cinéma, la enciclopedia que los Cahiers du Cinéma publicaron el año pasado bajo la dirección de Thierry Jousse, cineasta, crítico, ex editor de la revista, y Thierry Paquot, filósofo del urbanismo. El libro, cuyo plantel de colaboradores amalgama distintas generaciones de críticos de Cahiers con especialistas en urbanismo y arquitectura, recorre en todos los sentidos posibles las turbias relaciones entre la ciudad y el cine. Está armado en cinco partes: “Filmar, mostrar, representar” (una suerte de introducción al cine en quince artículos), “Géneros y escuelas” (un barrido de la relación cine-ciudad tal como la postulan formateos de género como el cine negro, el western o el manga y movimientos como el neorrealismo italiano o la nouvelle vague francesa), “Lugares y personajes” (que explora el repertorio de tópicos pop donde la mitología urbana se cruza con la cinematográfica), “Ciudades cinematográficas” (un mapa de las ciudades del mundo más deseadas por el cine) y “Cineastas urbanos” (un quién es quién del mundo de los directores perdidos por el asfalto).

¿Un libro sobre el cine como gran máquina de pedagogía urbana del siglo XX? “Tal vez”, dice Jousse, “aunque si el cine es eso es más que nada porque es ontológicamente documental. En realidad, lo que más modeló nuestra mirada de espectadores sobre las ciudades es la ficción. El cine permitió sobre todo la creación de una mitología urbana única en su tipo, que las demás artes no estaban en condiciones de poner en evidencia. Fantômas de Feuillade, los Mabuse de Lang o, más cerca de nosotros, Taxi driver de Scorsese o Collateral de Michael Mann son más importantes quizá que todos los documentales que se hayan hecho sobre esa mitología. Con las relaciones entre ciudad y cine pasa lo mismo que con las que el cine mantiene con el psicoanálisis: una suerte de fraternidad inmediata se anudó entre esos inventos contemporáneos entre sí, pero la historia de la relación se construyó de un modo subterráneo, un poco a las escondidas, y no siempre al abrigo de los malentendidos. El cine, digamos, revela el inconsciente de las ciudades y lo saca a la luz a través de una relación oscura con el espectador. Una relación en la que lo visible y lo invisible se alternan para jugar un papel primordial”. Jousse, que integra el elenco de invitados internacionales del Encuentro de Pensamiento Urbano, dará mañana una charla sobre cine y arquitectura –acompañado por el arquitecto Francisco Liernur y el crítico y cineasta Sergio Wolf– y presentará en vivo dos de las vedettes del ciclo: Reyes y reina y Los amantes regulares. Tal vez ése sea un buen momento para pedirle que argumente su propio top five de bodas entre cine y ciudad: Lola (Jacques Demy) y Nantes, Deep end (Jerzy Skolimowski) y Londres, Vértigo (Hitchcock) y San Francisco, Muriel (Alain Resnais) y Boulogne-sur-mer, The Clock (Vincente Minelli) y Nueva York. “Pero mañana sin duda tendré otro muy diferente”, aclara.

En Alphaville, el documental de anticipación que archivó la ciencia-ficción en el desván de los viejos joysticks escolares, Jean-Luc Godard probaba hasta qué punto la mirada del cine sobre la ciudad se juega siempre en la tensión entre el registro y el mito, la representación y la invención. Godard filma los complejos de monoblocs que proliferan en los suburbios del París de mediados de los ’60, llamados HLM –Habitation à louer modéré, es decir: “alojamiento de alquiler moderado”–, y los rebautiza con el nombre de Hôpitaux pour longues maladies (“Hospitales para enfermedades prolongadas”). Con su sequedad conceptual, el gesto de volver a nombrar un presente urbano crítico reduce a cenizas los intentos más espectaculares de ver y representar el futuro. “Cada vez que un cineasta aborda una ciudad lo hace respondiendo a una exigencia de metamorfosis”, dice Jousse, cuya enciclopedia dedica a Godard el apartado más extenso (seis páginas) del capítulo “Cineastas urbanos”. “No se trata sólo de mostrar la ciudad, sino también, y sobre todo, de transformarla. El cine puede hacer surgir una ciudad imaginaria bajo el empedrado de la ciudad real, o el fantasma de otra ciudad, más nocturna, más embrujada, tras las apariencias vigiladas de la ciudad diurna y regulada. El ejemplo de Alphaville es particularmente notable, ya que sin el menor efecto especial, Godard logra metamorfosear París en una ciudad completamente imaginaria o más bien surreal, es decir más real que las apariencias de la realidad. Podemos rastrear gestos si no equivalentes, al menos cercanos en Hugo Santiago, que en Invasión hace de Buenos Aires una ciudad fuera de sí, o en Kubrick, cuando en Ojos bien cerrados inventa una Nueva York extrañamente desfasada, filmada en los estudios Pinewood o en Londres.”

“El cine puede hacer surgir una ciudad imaginaria bajo el empedrado de la ciudad real, o el fantasma de otra ciudad, más nocturna, más embrujada, tras las apariencias vigiladas de la ciudad diurna y regulada. El ejemplo de Alphaville es particularmente notable: sin el menor efecto especial, Godard logra metamorfosear París en una ciudad completamente imaginaria o más bien surreal, es decir más real que las apariencias de la realidad.” Thierry Jousse

Como en Pizza, birra, faso (1997), que contrabandeaba su cámara y su pequeño gang de lúmpenes en las entrañas del obelisco –un fetiche urbano que el cine argentino, filmándolo siempre desde afuera, parecía conservar en una virginidad eterna, como si fuera al mismo tiempo un emblema muerto, un fraude y un tabú–, toda gran renovación cinematográfica parece estar ligada al mismo impulso agorafílico: salir, bajar a la calle, ganar el espacio público, como si la ciudad –antes incluso que la tecnología– fuera a la vez botín y campo de batalla: el reino de movimiento y de luz, la reserva viva de relatos y cuerpos que ya llevan demasiado tiempo en manos de otros –la Industria, los Viejos, el Cine Oficial, lo que sea–, donde corren el riesgo de pudrirse o naufragar en el olvido. Es el caso ejemplar de la nouvelle vague, que canjea la estética controlada y confortable de la qualité française por la inestabilidad, el vértigo, la zozobra de una cámara al hombro que filma a sus personajes besándose entre autos que pasan o desmoronándose con un tiro en la espalda en los callejones del Barrio Latino. Según Jousse, “la nouvelle vague inaugura la relación moderna entre el cine y la ciudad. Ante todo por pasión y por voluntad de apropiación. Pero también, en la huella de Rossellini y al mismo tiempo que Cassavetes, Oshima o Antonioni, saliendo de los estudios para olfatear el aire de la época y filmar la verdadera vida de los urbanos, todo bajo el signo de la ficción y la fantasía. Con el afán menos de mostrar el paisaje urbano con un toque suplementario de realismo que de inventar una ciudad a la medida de nuestros deseos”.

Pero es Eric Rohmer, quizás el miembro más clásico y menos intemperante de la nouvelle vague, el que proyecta su sombra magistral sobre las casi novecientas páginas de la enciclopedia dirigida por Jousse, y también sobre el ciclo de la Lugones. No sólo es el único cineasta que el libro hace hablar –interrogado, además, por los dos directores del volumen–, sino que la entrevista aparece al principio, antes de que todo empiece, como un pórtico oracular. ¿Por qué Rohmer? Jousse: “Para hacerle justicia a un cineasta que siempre demostró una gran preocupación por el espacio, que siempre pensó la ciudad en términos de trayectos, recorridos, trazados, planos, movimientos, desplazamientos, que siempre tuvo un gusto pronunciado por las calles, las fachadas, las plazas públicas, los parques, las capas históricas que se mezclan en las piedras y los subsuelos de una ciudad como París”. En el reportaje, Rohmer, que proclama una vieja pasión por los viajes, por Verne, por Stevenson, acepta al mismo tiempo la profesión de fe sedentaria que signa sus casi cincuenta años de cineasta: Francia es el territorio invariable de sus ficciones y París, su ciudad-fetiche, aparece modulada de todas las maneras posibles, como el decorado crudo de La panadera de Monceau (el primero de sus cuentos morales, de 1962), por ejemplo, o el digitalizado campo de batalla de la Revolución Francesa de La dama y el duque (2001).

Rohmer no está solo en esa compulsión casi insular; la comparte, entre otros grandes cineastas, con Ozu, cuyos rastros Wenders no puede seguir sin reconstruir al mismo tiempo Tokio, la única ciudad donde quedaron impresos (Tokyo-Ga), o con Nanni Moretti, romano recalcitrante, o con Robert Guédiguian, que se empeña en no moverse de Marsella. Este principio de monogamia (ciudades maternas/cineastas del arraigo) no es el único disponible; en la vereda de enfrente, más “modernos”, están los cineastas que, fascinados con los grandes espacios urbanos, sólo parecen poder abordarlos desde una posición extranjera, desde el extrañamiento, la curiosidad desapegada y la incomodidad con que miles y miles de inmigrantes, exiliados y forasteros miraron alguna vez las ciudades ajenas que les tocaron en suerte o que eligieron para seguir viviendo. De los refugiados centroeuropeos en Hollywood (Lang, Curtiz, Wilder, Sirk) a los nómadas vocacionales de fin del siglo XX (Wenders, Wong Kar-wai, Alain Tanner), buena parte del cine nace de la experiencia del desarraigo, de la resistencia que la ciudad opone al extranjero y de las estrategias con que el extranjero intenta apropiársela, descifrarla o al menos registrar sus misterios. “Se trata de hacer surgir otros mundos en el corazón mismo de ciudades que han sido demasiado filmadas para seguir siendo inocentes”, dice Jousse. “La mirada extranjera es el ábrete sésamo que permite abrir la ciudad a otros espacio-tiempos. Frente a una ciudad, incluso la propia, todo cineasta tiene casi la obligación de ser un extranjero, es decir: de inventarse una mirada oblicua.” Nativos fieles o extranjeros flotantes, los “cineastas urbanos” son sin duda monomaníacos: aunque cambie de nombre, de ubicación, de lengua, la ciudad –la “experiencia ciudad”– es el objeto único que los desvela. ¿Puede haber algo envidiable en esa exclusividad? Tal vez sí. Tal vez la sensación de que en la pasión urbana que despliegan, los cineastas ponen en evidencia hasta qué punto la ciudad como categoría, hábitat, forma de vida, modelo de agrupamiento humano, se ha vuelto mucho más deseable –a la hora de barajar una pertenencia, una territorialidad afirmativas, capaces de imaginar una identidad sin tener que renunciar a lo múltiple, lo plural, lo incierto– que objetos imperativos como el País o la Nación. ¿Los “cines de ciudad” habrán desplazado a los “cines nacionales”? “¿Por qué no?”, dice Jousse. “La ciudad es un territorio más preciso y más representable que la nación. Y sobre todo es probable que la decadencia del estado-nación (salvo durante el Mundial de fútbol) favorezca esa emergencia de un cine de las ciudades. A decir verdad, el fenómeno no es nuevo, en la medida en que el cine es desde su origen un arte esencialmente urbano, y en que muchos cineastas –de Woody Allen a Gus van Sant, de John Waters a Manoel de Oliveira– están íntimamente ligados a sus ciudades. Pero ya hay ciudades que encierran barrios que son a veces más importantes que la ciudad en su conjunto. Quizá no falte mucho para que se perfile un cine de los barrios.” ¿Un antídoto contra la mundialización galopante?…

 

Cambió la arquitectura corporativa

August 31, 2006


 Por Silvina Friera para Pagina 12
 

Cuando en 1983 el antropólogo argentino Néstor García Canclini volvió al país, después de siete años de exilio en México –donde reside actualmente–, tuvo una impresión: muchos barrios porteños parecían detenidos en el tiempo. En los ’90, los regresos se fueron incrementando –ahora vino a participar del Segundo Encuentro Internacional de Pensamiento Urbano en el San Martín– y esa sensación se convirtió en certeza. Hace poco estuvo recorriendo la muestra de Horacio Coppola en el Malba, donde se exhiben fotografías tomadas entre los ’20 y ’40, especialmente su emblemática serie Buenos Aires, que la municipalidad le pidió a Coppola en 1936 para conmemorar los 400 años de la primera fundación. Ahí están los paisajes de La Boca, Avenida de Mayo, Corrientes, Paseo Colón, Alvear; un conjunto de esquinas paradigmáticas y muy reconocibles. “El registro fotográfico de esas décadas muestra una ciudad en gran parte parecida a la de hoy, mucho más que otras ciudades latinoamericanas como San Pablo, México, Caracas o Lima, transformadas abruptamente con el desarrollo urbano y la industrialización. Lo que más cambió es la arquitectura corporativa, las torres espejadas o los sho- ppings, pero no hubo una radical reconversión de los espacios públicos y de las políticas de vivienda, salvo en sectores muy parciales. La visualidad urbana actual se parece mucho a la que se percibe en las fotos de principios o mediados del siglo XX”, dice Canclini.

–¿Por qué no fue tan radical el cambio en la ciudad?

–Es el resultado de varios procesos ocurridos en el país y en la capital. Uno es el estancamiento; las grandes inversiones públicas, la apertura de grandes avenidas, la puesta en escena de la vida urbana en Buenos Aires se hizo en las primeras décadas del siglo XX. Así como hubo momentos de ascenso y migración de sectores populares, que pasaron a residir en Buenos Aires y sobre todo en su periferia, después se dieron fenómenos políticos de exclusión. Durante la dictadura se desmantelaron villas miserias, se persiguió a los sectores populares; se encareció la vida respecto de la provincia. Todos estos fenómenos contribuyeron a detener el crecimiento de Buenos Aires, lo cual en parte la hace una de las pocas ciudades habitables, con cierto confort y menos degradada dentro de América latina, pero con un costo social y cultural muy alto.

–Usted propuso la creación de un Museo de la Globalización. ¿Cuál sería el sentido de ese museo y cómo imagina su funcionamiento?

–Lo planteo en un sentido irónico. La idea es enviar la globalización al museo. Es un intento de revisar de modo radical la noción de museo, qué sentido tienen los museos nacionales y regionales en la globalización. Pueden tener sentido, pero deshaciéndose de la noción humanista y moderna de patrimonio mundial y repensando los modos de circulación del patrimonio. Para hacer ese museo me pregunto qué contendría, dónde colocarlo, quién seleccionaría lo que se va a exhibir, si se haría mediante exposiciones itinerantes, quiénes tendrían derecho a tomar estas decisiones de política museológica y cultural, qué coleccionar, seleccionar y descartar. La museografía debería ser flexible y fomentar que preguntas tales como ¿esto es parte de la globalización? o ¿esto merece formar parte de este museo? tuvieran muchas respuestas legítimas. Con un Museo de la Globalización se indagaría por los interlugares, lo que no es sólo de aquí o de allá, por los espacios y circuitos en disputa.

–¿Tiene algún ejemplo que se aproxime a esta idea de museo globalizado?

–Estuve en el recién estrenado Museo de la Solidaridad Salvador Allende, que se formó con donaciones de artistas de primer nivel de muchísimos países desde la época de Allende. Durante la dictadura de Pinochet, exiliados chilenos en Europa, América latina y otras regiones fueron recibiendo las obras, que quedaron demoradas en casas o en instituciones de París, Madrid y Estocolmo, hasta que lentamente fueron llegando a Chile. Es un museo contemporáneo de mucha calidad, pero que ofrece una visión bastante aséptica, incluso las células de sala hablan formalmente de lo que desde el punto de vista de la historia del arte se está exhibiendo: expresionismo abstracto, impresionismo, etcétera. Algunas obras se refieren a la represión chilena, pero la mayoría no. Cuando estaba terminando el recorrido, me dijeron que en esa casona había funcionado un centro de detención de la DINA (la policía secreta de Pinochet) y que conservan todavía la central desde la cual se controlaban los teléfonos de Chile. Entonces pedí visitarla. Es muy impresionante porque está como en aquel momento. Pregunté por qué ese lugar no estaba vinculado a la museografía, al recorrido que se proponía al visitante, y me dijeron: “No quisimos hacer un Museo del Holocausto”.

–¿Qué opina?

–Me pareció una elección hasta cierto punto válida, pero no veo por qué no se puede incluir la central telefónica en el recorrido. No es un museo que funciona en cualquier casa. En una conferencia me referí a este hecho y lancé la suposición de que detrás de esa colección de 2500 obras había muchas historias de quienes la habían conservado y que esto de algún modo podría estar recogido en el museo. Cuando terminé la conferencia se acercó una mujer de unos 30 años y me dio un sobre. Mientras me escuchaba fue escribiendo un relato y me lo dejó para que lo leyera. Me contaba la historia de ella y de su familia. Habían vivido en París y como tenían una casa un poco mejor que otros, con una sala en la que jugaban los hijos de familias exiliadas, les dieron muchas obras para que las guardaran. Cuántas historias equivalentes podrían ser incorporadas al relato del museo. Y sin duda esto haría que un museo nacional chileno se convirtiera en un museo globalizado.

Venecia puede convertirse en exclusiva ciudad turística

August 30, 2006
 Venecia
foto:Luca Meneghesso 
 
Roma, 25 ago (PL) Venecia puede convertirse en 2030 en una exclusiva ciudad turística, sin habitantes, de acuerdo con un reporte del diario italiano "La Repubblica" que observa el constante éxodo de sus ciudadanos. La estimación parte de las cifras del registro civil municipal publicadas además por el rotativo. De acuerdo con esos datos, entre dos mil y dos mil 500 venecianos se despiden de su ciudad cada año; y de una población de 121 mil 309 personas en 1966 en la actualidad la urbe de los canales cuenta con 62 mil 27 habitantes. Otro de los elementos para los analistas resulta que de esa cifra la cuarta parte cuenta con más de 64 años. Las proyecciones apuntan a que en caso de no revertirse dicha tendencia, dentro de 24 años la ciudad carecerá de habitantes propios, aunque aumentará como destino turístico con un promedio diario que va de 50 mil a 100 mil visitantes. Para la asesora del Ayuntamiento, Mara Rumiz, esas estadísticas confirman un cambio rotundo y "Venecia no será ya una ciudad normal, se transformará en una mera meta turística". Sin embargo, la carencia de ciudadanos afectará el mercado recreativo, pues perderá el incentivo para muchos viajeros, interesados en conocer las interioridades de la urbe, alertan economistas. Entre los factores mencionados por el periódico para el éxodo, se encuentra el alto costo de la vivienda, que puede evaluarse entre seis mil y ocho mil euros el metro cuadrado. Mientras, para poder alquilar un apartamento de 80 metros cuadrados, se debe de desembolsar por mes dos mil euros. Estos precios provocaron que en los últimos años, alrededor de 700 hogares del centro histórico de Venecia pasaran a alojamientos de turistas. Además, 16 mil casas en la planta baja de edificios fueron abandonadas por daños debido a inundaciones, con su correspondiente deterioro posterior, en edificios con valores históricos. El alcalde de la ciudad, Máximo Cacciari, señaló al periódico que para resolver el problema se impone una filosofía que encare salir de la cultura turística. Refirió que ver la urbe como un mero escenario de recreo se convirtió en la tendencia predominante, necesaria a enfrentar con la promoción de inversiones. También esperan desarrollar planes de construcción de casas con precios accesibles a los ciudadanos, y de esta manera estimular la permanencia de los venecianos. lac/rfc
 
fuente: http://www.prensalatina.com.mx

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