Lord Richard Rogers. Entrevista
Fuente Diario La Nacion, Arg

Frente al río Támesis están los almacenes que el arquitecto Richard Rogers (Florencia, 1933) reconvirtió hace décadas en su despacho. Acaba de ganar algo así como el Nobelde Arquitectura, el Premio Pritzker, pero el renacer del estudio del autor del Centro Pompidou, el rascacielos Lloyds en la City londinense, se cuece desde hace una década. Hoy levanta edificios en Nueva York, Japón, Corea, Burdeos, Amberes, Barcelona y Londres. Inaugura viviendas sociales sostenibles y construye pisos de lujo en la orilla sur del Támesis, la zona de Londres que, tras un ciclo de charlas en la BBC, consiguió resucitar. Esas charlas –recogidas en el libro Ciudades para un Planeta Pequeña– lo encumbraron como el arquitecto de Tony Blair, lo convirtieron en el artífice de la reconversión de Londres y lo hicieron lord, lord Rogers of Riverside. Un lord en bicicleta, que llega puntualmente, pedaleando.
–Blair ha sido una figura clave en la arquitectura de su país y en su propia carrera. ¿Cómo juzga su legado?
–Si hablamos de regeneración urbana, sin duda él sentó las bases para la regeneración de las ciudades británicas. ¿Cómo? Densificándolas. Ha dado prioridad a la reconstrucción de los núcleos urbanos en lugar de apostar por la expansión y el crecimiento, que es lo que las ciudades hacen hoy. Por primera vez en mucho tiempo, la gente está regresando al centro.
–¿Por qué es importante que la gente regrese al centro?
–Porque es la vida diaria de los ciudadanos lo que construye una ciudad. Una ciudad habitada está siempre más cuidada. No podemos tener vacíos en el centro por la delincuencia y salir a construir afuera como si en el corazón no pasase nada. Las ciudades deben tener un límite. Antes de apostar para extenderlas, hay que tratar de recuperar y sanear los centros. En España estamos todavía en la etapa uno. Los precios hacen muy difícil vivir en el centro de las ciudades. Aquí tratamos de compensarlo con vivienda social. La vivienda social no puede estar en guetos. Si apostamos por la integración, debe repartirse por todos los barrios.
–¿Cómo integrar a la población con la arquitectura?
–Poniendo límites. En Londres hemos dibujado una línea, una barrera que no podemos superar. Lo hemos llamado cinturón verde. Y allí ya no se puede construir. Sólo en el futuro, cuando no nos quede ni un pedacito de terreno en la ciudad que podamos reaprovechar. Perseguimos la densificación.
–¿Por qué?
–La gente que vive en ciudades compactas tiene mejor vida como peatón. Consigue caminar por su ciudad. Un número elevado de ciudadanos justifica inversiones en transporte público. Si la ciudad es de las extendidas, la vida se hace en el coche. Y eso trae más problemas ambientales, de ruido, de aparcamiento o de seguridad. Cuando los centros se abandonan, se convierten en guetos, y las ciudades están perdidas. Ese es el principal problema de Estados Unidos. Ken Livingstone, el alcalde de Londres, ha llevado esas ideas un paso más adelante. Londres espera tener un millón de habitantes más en los próximos años. Y ha decidido que no se van a levantar nuevos barrios. Se van a recuperar zonas internas.
–¿Qué ha ganado y qué ha perdido su arquitectura en cincuenta años de profesión?
–Uno pierde y gana al vivir. Forma parte del juego. La mayor ganancia ha sido que hicimos un informe sobre el urbanismo de Londres. Y el gobierno decidió convertirlo en su línea de actuación. No lo aplican al ciento por ciento, pero lo asumieron. Soy una persona que disfruta envejeciendo. Creo que la vida es mejor con más experiencia. Y pienso que esa idea me viene de los problemas que tuve en la infancia. Si empiezas mal, lo tienes más fácil para mejorar. Claro que, con 73 años, el futuro puede ser más corto ahora que antes.
–Cuando empezó, ¿quién quería ser?
–Vengo de Florencia. Y uno que viene de Florencia quiere ser Brunelleschi. No lo digo en broma. Las ideas que he defendido siempre sobre el espacio público, la plaza para encontrarse, todo eso viene de la Italia renacentista, de la influencia helénica. La relación entre la sociedad y la arquitectura es el espacio público: el lugar de encuentro e intercambio de ideas. Yo me siento cercano a todos los arquitectos que tratamos de hacer evolucionar el movimiento moderno sin darle la espalda. Nosotros quisimos asimilar la lección de nuestros maestros y dar algo más. ¿Qué más se podía dar? Ellos habían pensado en la manera simple de construir; la manera económica, rápida y democrática: el cubo. A nosotros, en cambio, nos tocó llegar a la gente.
–¿Con qué frecuencia necesitan cambiar las ciudades?
–No cambian, evolucionan. Las mejores calles de Inglaterra son, todavía hoy, vías romanas. Uno de los errores que cometemos arquitectos y políticos es que cambiamos las ciudades con demasiada frecuencia. En lugar de cambiarlas con suficiente radicalidad para dejarlas descansar una temporada. La culpa la tiene el plazo político de los cuatro años. El éxito de Barcelona es que logró empalmar tres turnos de alcaldes persiguiendo el mismo objetivo: mejorar la ciudad. Una ciudad no se cambia en menos de quince años. Lo que disfrutamos de las ciudades no ha cambiado en toda la historia de la humanidad: caminar con tu pareja por una calle agradable, sentarte en los escalones de la puerta de casa al sol. Esas cosas cotidianas son básicas. Dan calidad a la vida. Mientras el ciudadano no tenga lugares de paseo y tranquilidad frente a su casa, no confiará en la arquitectura. Y en los políticos.
Por Anatxu Zabalbeascoa Para LA NACION






